¿Vergüenza?, vergüenza es lo que te falta

Una reflexión sobre el llamado 'clásico de la vergüenza'

Antes de empezar de lleno este post, me pregunto, ¿por qué la prensa recuerda tanto el llamado 'clásico de la vergüenza', y poco o nada dice sobre las DOS VECES en las que Universitario NI SIQUIERA se presentó en cancha para enfrentar a Alianza Lima?, ¿por qué no hablan de los tantos clásicos en los que los cremas tuvieron que recurrir a las patadas (o hasta puñetes) tras ser superados en la cancha (me viene a la mente el cobarde puñetazo de Nunes a Kopriva, por el cual, para algunos "hinchas" merengues, el paraguayo se volvió una especie de ídolo)?, ¿por qué no dicen nada sobre esto?; ellos lo sabrán, aunque creo que la respuesta es obvia, ¿no?.. Aquí lo que vende es el cuento, el morbo, la exageración, el amarillismo; coincidentemente, ingredientes claros de la identidad marketera crema 'gordogonzalezca'. 

Ahora bien, lo que un aliancista (que, ojo, no debe tener ningún temor al hablar de este picante tema, sino todo lo contrario) debe saber sobre ese polémico partido de 1988 es que, en primer lugar, fue un mal (por no decir pésimo) partido de Alianza, en el cual el equipo nunca se acentuó y se vio claramente superado por la 'U' desde el inicio hasta el final. Esto llevó poco a poco al descontrol; se cometieron faltas absurdas, se hicieron desaforados reclamos, llegaron las expulsiones y, finalmente, quizás producto del trajín del juego (y de un toque de mala suerte) se nos lesionaron jugadores, por lo que el árbitro, al ver que había menos de siete jugadores habilitados en campo, se pegó a las reglas y decidió dar por terminado el encuentro cuyo marcador final fue 2 a 0. ¿Qué hizo la hinchada crema y luego la prensa?, lo obvio e inmediato: ESPECULAR. 

¿La hinchada crema estaba en su derecho?, sí, esto es fútbol, hay folklore, hay rivalidad; si estás en la tribuna en un clásico caliente, ves que un jugador rival se tira a la cancha y dice que ya no puede jugar, lo primero que vas a decir es que está arrugando. ¿No lo haríamos nosotros?, yo sí, y lo digo con total franqueza. Pero el tema aquí es que no porque yo lo diga, o porque el colectivo lo diga, o porque la prensa lo diga, esa mera especulación pasará a ser un hecho comprobado. Siempre será un misterio si esos jugadores fingieron lesión para no soportar la avalancha crema que SUPUESTAMENTE se venía. Siempre. La verdad está solo con ellos, y probablemente morirá con ellos. 

Simplemente no tienen cara.
Lo que fastidia es que año tras año la prensa (sí, la prensa, no la hinchada crema que, insisto, por ser hinchada tiene derecho a inventarse la historia que quiera inventarse, y aquí estaremos siempre nosotros para rebatir y tirar al piso sus mitos) narre esta historia como si fuera un hecho fehaciente, como si en una entrevista audiovisual Eugenio La Rosa o René Pinto hayan confesado que mintieron, que no estaban lesionados y que tenían miedo de comerse una goleada. He aquí, entonces, la clara diferencia entre mentir y generar morbo o polémica; y en el caso de la prensa, lo segundo podría valer, pero NUNCA lo primero, pues la profesión se basa en la búsqueda constante de la verdad a través de la objetividad. 

(Off topic: seguramente hubo clásicos así de calientes muchas veces en la historia, ¿cuál fue el pecado del clásico de 1988?, que fue por Copa Libertadores. por lo que el encuentro captó más atención de lo normal, incluyendo prensa extranjera. Si el partido hubiese sido por el torneo local de seguro no habría tanta "indignación"). 

Y si me preguntan a mí qué opino de lo ocurrido en 1988, diría que aquel clásico es de esos que uno quisiera borrar del historial, por lo mal que se planteó, por lo mal que se jugó, por el descontrol, porque el rival de siempre nos superaba, y porque todo eso duele mucho. Pero de ahí a llamarlo 'clásico de la vergüenza' me parece que hay mucho trecho. Lo que a mí me daría vergüenza, más bien, sería ver a mi club poniendo excusas tontas para no presentarse en el campo, ver intentos de soborno (y quién sabe qué más cosas) para conseguir objetivos deportivos, aferrarse a la primera división de manera anti-reglamentaria, negándose a jugar el partido definitorio por el descenso, estafar a la constructora que nos hizo un bello e innecesariamente grande estadio, y ese tipo de cosas que escapan totalmente del espíritu de deportividad que debe primar siempre en el fútbol. 

Un partido descontrolado lo puede tener cualquiera, pero una subcultura que le hace apología a la trampa (y para colmo, en algunos casos, que despierta un extraño orgullo por sobreponerse a las adversidades cueste lo que cueste) solo la tienen los que carecen de vergüenza. A ver si la prensa dice algo de esto algún día también...

Por Alejandro de Cotabambas

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